El hielo de Milán dicta sentencia: Caída estrepitosa de Malinin y oro histórico para Kazajistán
En los Olímpicos Milán Cortina 2026, Ilia Malinin cae dos veces y termina octavo en patinaje artístico. Mikhail Shaidorov gana oro, primera medalla para Kazajistán en la disciplina.
MILÁN, 13 de febrero de 2026 – La final masculina de patinaje artístico en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán Cortina 2026 quedará grabada en la memoria como la noche en la que la gravedad desafió a la ambición. Ilia Malinin, el prodigio estadounidense que llegó con la etiqueta de "imbatible", sufrió una de las debacles más amargas de su carrera, descendiendo del liderato hasta la octava posición tras una rutina libre accidentada.
El patinador, conocido mundialmente como el "Dios del Cuádruple", apostó todo a su arsenal técnico, incluyendo el legendario cuádruple axel. Sin embargo, la presión del escenario olímpico fue un rival más duro que el propio hielo. Malinin sufrió dos caídas críticas y fallas en la ejecución de tres de sus saltos principales, desmoronando una ventaja que parecía sólida tras el programa corto.
La gloria viaja a Kazajistán
Mientras el favorito estadounidense intentaba procesar el golpe, la historia se escribía con otros colores. Mikhail Shaidorov, de Kazajistán, ejecutó una rutina impecable que le permitió escalar a lo más alto del podio. Con este triunfo, Shaidorov consigue la primera medalla de oro olímpica en patinaje artístico para su país, un hito que redefine el mapa de esta disciplina a nivel global.
"La presión fue mucho mayor de lo que esperaba. Hoy el hielo no perdonó", confesó Malinin al finalizar la competencia, mostrando una madurez notable a pesar de la derrota. "Siento una profunda admiración por Mikhail; hizo un trabajo increíble y merece este momento histórico".
El costo de la innovación
La caída de Malinin abre un debate sobre los límites del riesgo en el patinaje de élite. Aunque su capacidad para girar 4 ½ veces en el aire lo sitúa en una liga propia, la falta de consistencia en su programa libre en Milán demostró que, en los Juegos Olímpicos, la precisión suele valer más que la audacia.
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